Apertura de un misterio

 

 

 

Yo soy el hijo del Cabo de la Guardia Civil, José Julián, de aquel Guardia Civil, destacado en La Habana, el hijo traidor, como me llamaba en su pensamiento con decepción. Mas, mi padre no sabía, que los hombres somos, muchas veces, hijos de las circunstancias, que nos rodean, las que nos precipitan en uno u otro sentido, sobre todo, cuando somos adolescentes. En la adolescencia, tiene mayor peso la opinión del grupo de amigos jóvenes y personas, que admiramos, que la de nuestros padres y todo el resto de la familia. Es más, con frecuencia, el adolescente se siente en la necesidad de marcar distancia, de romper con patrones; es rebelde.

El hombre no siempre actúa correctamente, pero eso no es lo más importante. La honestidad de nuestras acciones, sus intenciones profundas son las que cuentan ante DIOS. Hay que ser honesto con uno mismo, luchar por lo que se ama y en lo que se cree realmente. Hacer lo socialmente correcto suele llevarnos a contradicciones muy hondas, contradicciones con nuestro propio ser, con nuestra alma y, allí, está una partecita de DIOS, la que se subleva y no nos deja vivir en paz… Hice lo posible por ser honesto y consecuente; por ello, dediqué mi vida a una labor, en la que creía… Supongo, que, como todo hombre, tenía pretensiones de poder, quería trascender, perpetuar mi recuerdo, marcando la Historia. Utilicé dos vías para alcanzarlo: mis artículos y obras literarias, y mi acción política. Cómo les contó mi padre, yo era un bohemio, un hombre de vida ligera, de muchas mujeres, fiestas y tragos; de conversaciones y discusiones políticas en bares y restaurantes; un hombre, a quien le gustaba polemizar en círculos y tertulias políticas; amaba oírme a mí mismo. Me gustaba, que me aplaudiesen; fui un gran orador de estatura pequeña. ¿Acaso no era pequeño Napoleón? Él solía decir, en cuerpo humano, que la estatura de los hombres se mide de la cabeza al cielo. Claro, que lo decía, porque era muy bajo de estatura, al igual que yo, Simón Bolívar, Hitler y algunos otros, los que tratamos de suplir la falta de tamaño físico con otros tipos de alturas. Es una necesidad de compensar nuestras deficiencias, de resarcir nuestros complejos. No siempre es cuestión de tamaño, aunque éste tiene cierta importancia en las actitudes de los hombres.

Ya saben, que estuve en La Habana, después de haber vivido por largos años en la Península. A mi llegada, no conocía a nadie; hasta mis padres y hermanas me resultaban seres un tanto ajenos, recuerdos de rostros más jóvenes e infantiles, y frases amables y amorosas de las muchas cartas recibidas al otro lado de la Mar Océano. Fue emocionante mi entrada a La Habana; aún en la distancia, mi corazón galopaba dentro de mi pecho y al entrar por la boca de la Bahía, con el Faro del Morro a la izquierda y La Punta a la derecha, tuve que llevarme las manos al pecho. Soy Poeta, no lo puedo evitar. Todavía, en mi presente estado, vuelvo a emocionarme con la evocación… Me hablaron de un restaurante en las afueras, allá por “La Chorrera” donde se comía muy bien. Restaurante del mismo nombre, propiedad de un asturiano, Don Antonio, de Tineo, un pueblo de montaña, rodeado de un verde sin igual, en los meses de Verano.

Al entrar, vi un Salón muy concurrido y muchos hombres elegantes, amparados detrás de sus puros. En un gesto rápido, me pasé la mano derecha, cual filo de navaja, del hombro izquierdo al derecho, en una imaginaria decapitación a ras del tronco. En fin, hice la famosa señal de los masones para saber, si había alguno en el recinto. De inmediato, se acercó con la mano extendida y una sonrisa un mulato corpulento, con gafas y voz educada:

-        ¿A quién tengo el gusto de saludar?

-        Don José Julián para servirle –salvé, escoltado por mi acompañante, las primeras mesas del Salón Principal y me senté, junto a otros comensales, a la mesa, hacia la que me condujo el distinguido mulato.

Entre copas de vino, jamones y chorizos, sobre todo mucho humo, transcurrió media tarde de una charla animada. Decidimos hacer el camino de regreso a La Habana, es decir, a esa parte compacta, que dio origen a la ciudad, a la Habana intramuros, andando por la larga senda; Calzada, que corría paralela a la costa, con un espléndido azul, acariciándonos, y el salitre, pegándose a nuestros sudores. Por el camino, Juan Gualberto argumentó sobre la necesidad de una nueva contienda y que era un momento propicio, pues se podría capitalizar la fuerza esclava liberada, que no encontraba una ubicación satisfactoria dentro de la estructura social; cierto nivel de descontento, el no saber qué hacer con sus vidas en las nuevas circunstancias, pudiese ser canalizado hacia un malestar contra la Corona y crear la nueva necesidad de una segunda liberación, esta vez, de la Metrópoli. Insistía, en que, para ello, era necesario agrupar a varios Generales de las guerras pasadas y que sería muy conveniente participación blanca; ante todo, Generales insurrectos blancos, que no permitiesen convertir la contienda en una guerra interracial, que condujese a un nuevo Haití. Solía decir, Juan Gualberto, en confianza: “A los negros hay que utilizarlos, pero mantenerlos con mano firme. Eso sí, cuando fundemos la República, nada de bailes y fiestas de negros. ¡Basta de incultura!”. Era más duro, con relación a la expresión cultural de la raza negra, que cualquiera de sus acompañantes blancos; mucho más duro que las autoridades peninsulares, los que permitían, una vez al año, las Fiestas de los Santos Reyes Magos, en que a los negros se les permitía salir a las calles a celebrar con ritos y trajes de sus respectivos lugares de origen: bailes de diablitos descalzos, contorsiones, gritos, saltos; gestos grotescos, tambores retumbando y mucho colorido.

Me convertí en un asiduo cliente de “La Chorrera” y un aficionado a su arroz homónimo, el que ganó tanta popularidad, que constituye un plato de la Cocina de la Isla: arroz a La Chorrera; un plato de la Cocina Cubana, creado por un asturiano. Don Antonio, ocasionalmente, se sentaba un rato a la mesa conmigo; me invitaba al plato de la casa y a un buen vino. Me preguntaba mucho sobre la Península y hablaba de su hijo mayor, al que no veía desde pequeño. Estaba orgulloso de su hijo mayor, el que quería ser Húsar, y miraba con ternura a aquéllos, una hembra y varón, que a veces acudían a almorzar con una bella y distinguida dama de cabellos rubios y ojos azules, rostro pálido y delgado, de mirada profunda y ademanes nobles, que lo corregía con dulzura por su forma de hablar, con esas terminaciones duras de La Montaña, cargada de ues dónde deberían ir nuestras oes, que ya había escuchado en mi paso por Santander. No coincidíamos en las apreciaciones de los eventos políticos e históricos, mas nuestras discrepancias nunca se erigieron en obstáculo para mantener una relación educada.

Los atardeceres, solía pasarlos a la orilla de la mar y, luego, subir por el Paseo del Prado y terminar la noche en el Café “El Louvre”, con sus mesas colocadas bajo los sopórtales, en animadas charlas y, de vez en vez, recitar alguno de mis poemas…

-        Hijo, sé concreto. Háblales de lo que ellos no saben o conocen a medias, mientras que la verdad es sólo una. No tiene matices ni medios tonos.

-        Sí, padre –hice una pausa-. Mi padre, este buen hombre, no deja de velar por mí y de corregirme, aún estando en el Cielo.

Pues bien, hoy no les vengo a contar mi vida. No intento justificar mi actuación terrena; esa ya es historia y está incluida en la Historia. Hoy, les hablaré de mi muerte, aunque el término no sea exacto. No existe la muerte, sería pasar o caer en la nada, y yo estoy, aquí, comunicándome con ustedes; vivo en Espíritu. Prefiero decir, que les narraré mi caída en combate en la Guerra de Cuba de 1895. Caí un 19 de Mayo de 1895 en un lugar llamado Dos Ríos, cercano a la confluencia de los ríos Cauto y Contramaestre. Mi caída, la que me llevó a un viaje extraño, diferente a todos los que había hecho por el Mundo, la que me condujo a la Verdad, estuvo rodeada de circunstancias anormales.

Saben, que había vivido en los Estados Unidos de América y, allí, había formado un partido, el que se encargó de crear las condiciones y coordinar los esfuerzos por alcanzar la independencia económica y política respecto a la Corona de España. Éste adoptó, en calidad de objetivo último, el establecimiento de una república independiente en el territorio de la Isla. Parte de esa verdad, es que, a escala internacional, manteníamos una vinculación muy estrecha con los liberales y anarquistas; estos últimos eran unos socios utilizables, pero no confiables por el carácter extremo de sus acciones; demasiado radicales para mi gusto. A diferencia de algunos miembros de mi partido, yo no era anexionista, ni pro yanqui y, mucho menos, sentía ninguna antipatía ni rechazo hacia España, a la que amaba profundamente… Quería una Cuba independiente en el plano económico y político, que le permitiese surcar por los caminos de la modernidad. Mas, consideraba, que nuestra identidad estaba ubicada al otro lado del Océano; teníamos mucho que ver con la Península y poco con nuestros vecinos. Éramos, a decir de Saco, los españolitos:

De la leche sale el queso

del queso sale el quesito,

de los españoles grandes

salen los españolitos.”[1]

Me preocupaban los Estados Unidos y la presencia de una tendencia anexionista o muy pro intervencionista dentro de las filas de nuestro partido. No obstante, al partir con rumbo a la Isla de Cuba para, desde dentro, crear las condiciones, a través de la insurrección armada, con la intención de implantar la nueva república, encargué a Don Tomás, que continuase los contactos con políticos americanos. Se hacía necesario que ese país presionase a España; le exigiese su salida de Cuba ante la inestabilidad de sus altos intereses económicos en el territorio cubano y la negociación con los insurrectos. Di instrucciones, de venir al caso, de que se comprasen voluntades políticas.

Nosotros, los revolucionarios, habíamos comenzado a utilizar el término “cubano”, el que jurídicamente no existía y no iba más allá de una definición, que, solamente, abarcaba a la parte blanca de los nacidos en la Isla; definición surgida a raíz de la Guerra Grande o de los Diez Años y recogida por la Ilustre Sociedad Antropológica de Cuba; cito, “hombre blanco nacido en Cuba”. Por supuesto, esta definición no era aceptada por todos y no se ajustaba a la legalidad, pues todos los nacidos libres, en la Isla, eran españoles. Yo nunca fui otra cosa que español; un español hijo de españoles. ¡Un español separatista! Un español, que, como otros españoles de la Península, quería vivir en una república al estilo de la República Francesa.

Un arma importante, en nuestra lucha, resultó ser una organización pseudo-religiosa, la masonería, que nos permitió contar con la solidaridad casi incondicional de nuestros hermanos en distintos lugares del Mundo, así como trabajar en la clandestinidad, a través de la comunicación y el secreto masón. Yo mismo fui el más alto dignatario dentro de la Masonería de la Isla de Cuba. En fin, Don Tomás se quedó sustituyéndome en los Estados Unidos de América y yo partí a los campos de batalla. Mi presencia en la Isla era necesaria; ya, desde Nueva York, existía un diferendum sobre la forma de conducción de la lucha y, sobre todo, de quiénes estarían en capacidad de asumir la Presidencia de la futura república: un civil o un militar.

Gómez y Maceo, Generales de la pasada guerra, se inclinaban por la opción militar; en tanto, yo siempre fui intransigente en esta cuestión y no admitía un militar al frente de una república, eminentemente, civil; mi opción era la civil. Siendo, yo, el Presidente del Partido Revolucionario, era evidente, que me correspondería iniciar la Presidencia; entretanto, Gómez y Maceo y, en particular, este último, que sí había nacido en Cuba, consideraban reunir mayores méritos que un advenedizo, como yo, por su participación en las guerras anteriores. El caso de Gómez era más complejo, pues no había nacido en la Isla de Cuba y le antecedía un pasado militar con el Ejército Español, que trató de reconquistar a Santo Domingo y, a ello, debía su fama de buen estratega militar. Éste, para llegar a la Presidencia, necesitaría de una excepción, lo que no sería difícil al ser el Jefe Militar previsto para la contienda, lo que lo revestiría de un aura de libertador.

Nueva York fue, cual bomba, que nos dispersó y alejó por un tiempo. Tal vez definitivamente, a pesar, que con labor diplomática, sumé de nuevo a esos dos grandes líderes insurrectos a mi labor para iniciar la contienda y financié, desde el Partido, las respectivas expediciones, así como la mía, las que nos llevaron a entrar a la Isla de forma oculta. Es muy conocida, ha sido muy repetida, una de mis frases, “Hay cosas, que para lograrlas, han de andar ocultas”… Nos reunimos, en La Mejorana, los tres caudillos de la nueva guerra, una reunión muy secreta; excepto nosotros, nadie supo nunca sobre lo que, allí, se habló. De esa reunión, salí condenado a muerte. Mas, yo no lo sabía. Al no poder presentar argumentos, a parte de ambición personal, que sostuviesen una Presidencia militar, dio la impresión de que, al fin, habían logrado entender la importancia y necesidad de un gobierno integrado por civiles. Sorpresivamente, los Generales Máximo Gómez y Antonio Maceo coincidían e insistían en concederme un alto grado militar, subordinado a Gómez. Con ello, pasaba a ser un oficial sin academias y sin combates; un militar, que, tampoco, tendría acceso a la Presidencia de la República. Yo los vetaba a ellos y ellos, a dúo, a mí… Recibí dos regalos en aquellas jornadas, que sirvieron de contexto a la reunión de La Mejorana: grados militares y un hermoso corcel blanco, regalo de los hermanos Maceo. Mi caballo se destacaba, por su color y brío, de entre los aún escasos de la recién formada Columna…

Mis días en los campos de la Isla estuvieron plagados de imágenes poéticas; quedé deslumbrado por la belleza de su flora y su fauna. Cada pausa la utilicé para escribir frenéticamente; escribí mucho en mi Diario de Campaña y comencé una larga carta a un amigo. Hoy, me pregunto cuál era el sentido de dicha carta; una carta, que nunca sería enviada. Por qué escribía una carta a un amigo extranjero, si había entrado de incógnito a la Isla; era un contrasentido, adpero me ayudaba a pensar, a desarrollar ideas y me permitía una comunicación a un nivel, que no me era posible, con los que me rodeaban. Necesitaba hablar con un amigo y, entre mis correligionarios, no tenía ninguno.

Llegó el momento del combate, mi primera batalla con un arma en la mano en suelo de Cuba; ciertamente, era Cuba, la Provincia de Santiago de Cuba u Oriente, a la que todos llamaban Cuba en mi tiempo. Una Cuba, que yo no conocía, de espesos montes y matorrales, alternando con claros bosques de esbeltos tallos; siempre acompañado por el canto del sinsonte, la gallina de Guinea, la torcaza, el colorido plumaje de las cotorras y, en las noches, el croar de ranas e insistente chillido de los grillos. En ese fascinante entorno, se dio mi primera y única batalla, en la llanura de Contramaestre, surcada por el río Cauto y uno de sus afluentes, el que le daba nombre a la región. Al conocer de la presencia de tropas españolas en un caserío cercano, Gómez decidió sorprenderlos, según me comunicó. Organizó el ataque: él, con un grupo de hombres, atacaría por el flanco izquierdo; yo, con otro pequeño grupo, embestiría de frente, por el centro, y los terceros lo harían por el derecho… Se ha dicho, que recibí órdenes de quedarme en el Campamento, que tomé una dirección equivocada… Se han dicho muchas cosas al respecto, pero la verdad sólo es una: cruzamos el río por un puente y doblamos a la derecha; casi de inmediato, nos dividimos para situarnos en nuestros respectivos flancos, y lanzarnos al ataque. Por alguna razón, que la rapidez no me permitió comprender, me vi cerrado por el flanco izquierdo y, el río a la derecha, no permitía buscar otra vía de escape; toda la carga defensiva del Ejército Español, que nos estaba esperando, caía sobre mí y mis acompañantes, los que se replegaron sin haber recibido orden alguna de mi parte… Cada vez, que miro al pasado, veo a un Gómez, que no presentó combate, que dobló en U hacia su izquierda y, con ello, quedé atrapado y bajo el cruzado fuego enemigo, sin posibilidades de escapar; veo a un Gómez, leyendo entre las páginas de mi Diario, arrancando las relativas a los días, que precedieron al combate, donde estaban los apuntes sobre La Mejorana y mis observaciones ulteriores.  No caí de cara al Sol, como escribí en el poema; caí bajo la lluvia del plomo enemigo y delatado, entregado por mis amigos-enemigos; por mis hermanos masones, que no sólo me traicionaban a mí, sino a la divisa Amistad, Amor y Verdad. Traicionaban a DIOS, a G.

Santander, Abril-Mayo de 2005

 

 

 

 

Nota: Del libro de Cuentos de la Historia de España (Primera Entrega), Santander, 2005

 

 

 



[1] Versos de José Antonio Saco.