El Capitán de Caballería

 

 

Allá por Manresa, hace mucho tiempo, más exactamente, a mediados del siglo XIX, vivía un apuesto militar, que, siendo de mediana estatura, gozaba de un porte distinguido y delataba al caballero, que llevaba bajo el uniforme de gala. En esos tiempos, era un elegante y valiente Teniente de Caballería, con lo que hacía honor a sus antepasados, los que en época pasada, tiempos remotos, acompañaron a los Reyes Católicos en la contienda, que libró a España del dominio de los moros. Aunque su apellido, de origen godo, ponía de manifiesto su estirpe germana, era muy probable cierto componente judío en su sangre y educación, al descender de los Caballeros de la Orden de San Juan de Jerusalén de la región de Toledo, donde la presencia de judíos cristianizados era numerosa.

Nuestro apuesto y joven Teniente se alistó, de forma voluntaria, para participar en la Guerra de África; una de las tantas guerras, que el Reino de España se ha visto precisado a librar contra Marruecos. Comenzaba la segunda mitad del siglo XIX, siglo de esplendor y, a la vez, de pérdida del Imperio Español. Esplendor, que sólo alcanzaba a una pequeñísima parte de la Sociedad Española, a la cual pertenecía nuestro Teniente, mientras, la inmensa mayoría de la población vivía en un estado de semi-servidumbre y muchos, demasiados, en la pobreza absoluta. Esta situación de injusticia social creaba inestabilidad al interior del Reino y, con particular fuerza, en la zona del país, donde vivía Don Ramón, Cataluña; al ser una de las regiones más avanzadas y con una mayor concentración de obreros fabriles, estaba imbuida de las ideas liberales francesas; cuestión lógica, por su cercanía a Francia, famosa por sus revueltas y baños de sangre hacía algo más de medio siglo, a pesar de que con el tiempo sólo se haría hincapié en los ideales de fraternidad, justicia y libertad, emanados de las ideas francmasónicas de la Revolución Francesa. Estos, de ningún modo, justifican los medios y métodos, con los que se enarbolaron. Mas, Don Ramón, como buen militar y por proceder de una familia, que se enorgullecía de su lealtad a la Corona, estaba muy alejado de esos ideales y concentraba su atención, en lo que ocurría fuera de la Península y afectaba a los intereses de su Nación.

Había llegado el momento oportuno para demostrar sus habilidades de Jefe Militar, su destreza con el sable desenfundado a caballo. Don Ramón necesitaba una guerra y su Reina, Isabel II, se la ofreció del otro lado del Mar Mediterráneo, donde peligraba parte del territorio del Imperio y que servías de pretexto; le brindaba la posibilidad de alcanzar unidad nacional en torno a una causa, lo que se traduciría inevitablemente en paz y tranquilidad al interior, haciéndose más gobernable el país.

Después de su arribo a las costas de África, tras el desembarco en Ceuta, su Compañía, conjuntamente con el resto de la tropa, ocupó el Palacio del Serrallo, ubicado en las afueras de la ciudad, a algo más de media legua de camino. Los hombres de Muley-el-Abbas sitiaron la plaza con fuerzas, que sobrepasaban, con creces, a las tropas españolas. En un combate desigual y con gran número de bajas, gracias a la aguerrida Caballería y varias cargas de bayoneta de unidades de refuerzo, así como la tenaz resistencia de los Batallones de Cazadores de Madrid y Cataluña, lograron rechazar al enemigo. La consternación llegó a las filas españolas con la caída en combate del Teniente Coronel Piniés, Jefe del Batallón de Cazadores de Madrid.

Algo más de dos meses de contienda llevaron a la victoria de Tetuán, a pesar del elevado número de enfermos y bajas en combate; el cólera hacía estragos en las columnas españolas tanto o más que la fiereza de los lugareños. Antes de esta gran victoria, entraron en una batalla, que se inmortalizó por la presencia del General Prim, quien con la bandera se lanzó, el primero, al combate, seguido de los oficiales de la Caballería. Era otra época, época de elevada moral; corrían otros tiempos, tiempos heroicos, en que se marchaba al frente de la tropa, en que el Mando debía ser ejemplo de destreza y valentía. Entonces, no se escondían en la retaguardia en Puestos de Mando, ordenando a los soldados marchar contra el fuego enemigo, presentar sus cuerpos al acero, al plomo del contrincante… A estas batallas de la Guerra de África, daba lustre el magnífico grupo de oficiales al mando de la tropa, entre ellos se destacó Don Ramón, el que fue ascendido a Capitán de Caballería, grado con el cual participó de la gloria en los campos de Uad Ras.

Particularmente duros y sangrientos, fueron los choques, cuerpo a cuerpo, entre rifeños y españoles. Al calor de la batalla, nuestro ya Capitán se apoyaba con fuerza en el estribo derecho y paseaba el sable, cual guadaña, cegando cuerpos enemigos a su paso. Cabalgaba sobre los cuerpos, que crujían bajo las patas de su corcel entre turbantes manchados de sangre y alaridos en una lengua arcaica. En esos momentos, tenía más de gladiador que del amable y culto caballero, que solía recorrer las calles de Barcelona con bastón, movimientos gentiles y modales suaves; una elegancia, acentuada por su postura erguida y firme de militar, acompañada de una cierta seriedad, tan atractiva a los ojos de las damas de su entorno. En el combate, salía la bestia, que lleva dentro cada militar para, más tarde, presentarse el Caballero Oficial ante el enemigo derrotado.

De regreso a la Península, su noble alma de caballero no se sentía en paz; había cumplido su deber ante la Patria, pero se encontraba culpable ante DIOS. No le había obedecido. Desde su más temprana infancia se le había enseñado y, en su mente retumbaba, el “No matarás”. No obstante, con el fragor del combate él solo quería matar, y mataba. Se marchó a la masía de las afueras de Manresa, camino a Lérida, en un retiro necesario para estar a solas con su alma sobrecogida, hasta que estuvo preparado para el Sacramento de la Penitencia, una confesión dolorosa para aquel joven Oficial, quien siempre se había esforzado en ser un buen hijo de DIOS, un hombre justo. Después de hallar paz en su interior y reconciliarse con SU SEÑOR, decidió contraer matrimonio con una agraciada doncella de Masnou, hija de un fabricante de géneros, la cual se vanagloriaba de su rectitud, a la que unía una gran cuota de severidad, rayana con la crueldad.

Recién afeitado y con sus bigotes alzados en los extremos, la perillita que hacía casi invisibles sus finos labios, en contraste con un mentón fuerte y cuadrado, con el pelo castaño recién cortado, aún mostrando el sol de la zona tórrida, pegado a su piel, se presentó vestido de gala, ante el Altar, para ofrecer su brazo, a la que saldría de la Parroquia, como Doña Tecla Flotats. La mimada doncella, quien coqueteaba con sus amigas, asegurando que las piernas encorvadas de su futuro marido, las que no llegaban a ser gambas, propiamente dicho, se debían al tanto montar a caballo, miraba con aires de reina al salir del Templo. Su boca sonreía, mas sus ojos permanecían en silencio con una mirada perdida en sus adentros, en los vericuetos de su alma, que soñaba con su amor primero.

El valiente y heroico Capitán se sentía feliz y orgulloso el día de su boda. No duraría mucho su felicidad, ante la esposa autoritaria, demasiado mojigata para su gusto. Pero, siempre le quedaba el Cuartel para escapar, para a lomos de su alazán sentirse libre al golpearle el aire de lleno en el rostro, esconderse en compañía de sus amados caballos en las caballerizas del Regimiento o mirarlos pacer sobre los verdes y cuidados prados. Amaba profundamente a sus hijos, una hembra y un varón, a los que educó con esmero, hasta que se hicieron mujer y hombre. La primera se casó y partió al extranjero. Por su parte, el varón se dedicó a las artes y se estableció en la capital francesa, donde trabajó en el taller de un afamado Pintor de la época y estudió Pintura hasta convertirse en un Pintor de Academia. Al irse los hijos, se sentía solo en casa y, cada vez, pasaba más tiempo con la tropa.

Cinco años antes de terminar el siglo, se inicia una nueva guerra en Cuba, esa provincia ultramarina, en que con cierta insistencia, por aquellos días, los separatistas se alzaban en armas contra la Corona. Provincia muy rica y próspera, en que un grupo de hacendados, convertidos en generales, más bien, caudillos, arengaban a las clases desfavorecidas, principalmente, negros, que habían sido esclavos durante la Guerra de los Diez Años o liberados en el período posterior a la Paz del Zanjón, alcanzada por el eminente General Martínez Campos. No, a aquella primera guerra, en la que, hasta entonces, había sido “la siempre fiel Isla de Cuba”, Don Ramón no fue, prefirió quedarse con los hijos. En esta nueva guerra, la de 1895, se lanzaría a suerte la participación de la Oficialidad. Llegó el sorteo y cada oficial fue cogiendo su bola, al bisabuelo le tocó bola blanca: no tenía que ir a la Guerra de Cuba. ¡Qué lástima le dio aquel joven Teniente, que, sentado con la cabeza entre las piernas, lloraba desconsoladamente!

- Hombre, ¿por qué te pones así? Somos militares y nuestro deber es estar en el combate en el momento preciso.

-¡Ay!, mi Capitán, no lloro por mí, sino por mi esposa y mis hijos pequeños. ¿Qué será de ellos, si caigo en combate?

- ¡Teniente, póngase firme! –en el acto, el Teniente se incorporó de un salto y chocó los talones-. Déme su bola negra... Tenga la mía y, aquí, no ha pasado nada –tras un breve silencio, continúo-. Usted llora por su mujer y sus hijos. Mis hijos ya no me necesitan y no soporto a mi señora esposa. ¡Tiene un carácter endemoniado! ¡Sí, no hay dudas, en la guerra estaré mejor!

Partió a Cuba desde un puerto abarrotado de soldados, oficiales, caballos y cuanto avituallamiento se requería para una larga travesía y una campaña en tierras distantes. Una vez más, cambiaba su acostumbrado traje por uno más apropiado a otro clima. Bajo el sombrero de jipijapa de alas anchas destacaba su fuerte mentón, del que sobresalían las puntas de los bigotes, los que, con demasiada frecuencia, torcía hacia arriba en un gesto, que ya se había convertido en costumbre. Sus patillas habían abandonado el castaño para mostrar la blancura de los años. Ya no era joven nuestro Capitán, pero mantenía el porte y la fortaleza de sus años juveniles, con algún peso añadido.

 Disfrutó del azul sin igual del Océano Atlántico, surcado por peces voladores, no obstante ser una travesía algo agitada por la época del año, en que el mar suele estar picado. En sus horas libres, permanecía en proa, observando el horizonte o con la vista perdida en la transparencia de las aguas; mas, en las noches, se acostaba sobre cubierta para estudiar el firmamento, más bajo y poblado que en su Manresa natal.

       El buque arribó al Puerto de Carenas con las luces del alba, saliendo de detrás de la Real Fortaleza de San Carlos de la Cabaña, resaltando el saliente Faro del Castillo del Morro de La Habana. La franja multicolor de la costa invitaba al paseo más allá de las pequeñas playas, que se abrían entre los arrecifes. El Puerto bullía, se arremolinaba la gente con banderas españolas y vítores al Ejército Español. Nada delataba la existencia de una guerra, ni las damas elegantes bajo sus sombrillas, acompañadas por caballeros bien vestidos con sombreros de copa alta y bastón, ni los carruajes conducidos, en lo fundamental, por negros, que parecían salidos de una corte de Europa por sus trajes; sólo la llegada masiva de tropas a los puertos isleños hacía suponer una situación de emergencia. Era tanto el esplendor de La Habana, sus mansiones y habitantes, que se le hacía casi incomprensible la necesidad de romper esa prosperidad y ese bienestar a todas luces.

- Los hombres suelen ser muy ambiciosos. No les basta, lo que tienen. Ya quisieran mis paisanos, en la Península, vivir cómo estos señores. Estoy seguro, que el más pobre  habitante de esta Isla sería envidia para muchos en casa –reflexionaba, con sus amigos, Don Ramón en sus días de estancia en La Habana.

Lo asignaron a la plaza de Guantánamo, ubicada en el otro extremo de la Isla, en el Oriente, más allá de la ciudad de Santiago de Cuba. No viajó por tierra, sino que continúo viaje, después de varios días de descanso para la tropa; mientras, recibían órdenes e instrucciones en el recinto de La Cabaña. Días más tarde, partieron en un bojeo a la Isla, que los condujo al Puerto de Santiago de Cuba; ciudad, que le atrajo de forma especial. No sabía Don Ramón, que estaba marcando el destino de su descendencia, como tampoco lo supo al partir en aquella calurosa mañana de Agosto hacia las inmediaciones del Ramón de las Yaguas, que por extraña coincidencia ese caserío de cierta importancia era el tocayo, que recorrería, con insistencia, su nieto; un nieto, que, todavía, no era probable.

Ramón se dirigía al Ramón, porque había llegado la confidencia de entre las filas de uno de los jefes insurrectos, del General José Maceo, sobre el hecho de que éste, por un ataque de ciática, se había visto obligado a retirarse hacia aquella zona, solamente, con su escolta. Sería fácil darle cacería y poner fin a las andadas del llamado León de Oriente; fama alcanzada por lo sanguinario, que se mostraba en el combate cuerpo a cuerpo con el enemigo. Éste, con frecuencia se escondía entre los arbustos y hacía gala de su puntería descomunal de francotirador, cuya diana preferida era la oficialidad, que se distinguía demasiado de la tropa.

Salió la Columna del Cuartel de Guantánamo bajo el mando de su Comandante, acompañada por la Compañía de Caballería, dirigida por el Capitán Don Ramón Torres. En un avance relativamente rápido, precedido por exploradores de la Caballería, atravesaron la amplia llanura de Cabañas y a la altura del cruce del Aguacate se internaron por el Camino Real hacia Vista Alegre. Antes de llegar a este último caserío, el Comandante decidió dar descanso a la tropa y ordenó a Don Ramón buscar un lugar apropiado y discreto, que al mismo tiempo les permitiera controlar el valle intramontano. La Loma de Carlota resultó el lugar ideal para acampar, un tanto apartada del Camino Real; desde ella, se dominaban dos valles, uno a las espaldas y. al frente, el que los llevaría a Vista Alegre. Valle accidentado, surcado por un río y poblado de enormes cedros, árboles frutales y prados; bellísimo valle, por el que cabalgaría su nieto y correrían los sarmientos de éste. Don Ramón no era un adivino, sino un precursor, que marcaba el camino de una rama, que con él, como buque insignia, ya había iniciado el cruce del Océano. Él era punta de lanza y motivo, a su vez, sin saberlo. Huía de su esposa, pero arrastraba al ADN de su cuerpo, impreso en su hijo varón, dejado en París. En el paraje, que se extendía ante sus ojos, soñó ver correr a su descendencia: nietos rubios, mezclados con trigueños, que es lo mismo que decir morenos. Pero, él estaba en la Isla de Cuba y ya conocía, un poco, sobre ese otro acento, en el cual no es lo mismo decir moreno que trigueño.

Al asomar los primeros rayos, que acompañaban la aurora, por el Este, e imprimen un matiz áureo-rosa al cielo de primera mañana, mezclado con un pálido azul, el que se transformó, con premura, en azul intenso, se puso en marcha la tropa española, con su Capitán al frente. El Capitán imponía el ritmo de la marcha con un suave trote, marcado con sus espuelas de plata en los ijares de su rocín, cual suave caricia de amante; avance, que le permitía aspirar los olores de la floresta tropical, cargados de la humedad del rocío del amanecer. Sus altas botas eran golpeadas por las ramas de los arbustos, que cedían al paso de su caballo, impregnando, con un fuerte olor a manigua, sus azules pantalones de dril con franja de color grancé en los laterales, que, al contacto, transformaba el verde de la clorofila en manchas oscuras de color marrón. Aún en Cuba, las mañanas estivales suelen ser relativamente frescas, pero aquel 30 de Agosto el aire estaba cargado de humedad, hacía espeso el sudor grasiento, que pegaba las ropas al cuerpo, entretanto, las botas eran bañadas con las gotas del rocío, que cubría la espesura y relucían al Sol. Por un camino entre cafetales, llegaron a Vista Alegre; torcieron a la derecha hacia Hierba de Guinea, en busca del Camino Real del Ramón de las Yaguas, con una pequeña pausa para dar de beber a sus caballos en las cristalinas aguas del río Cristal. Una vez salvado el poblado del Ramón, con menos de dos horas de camino, la Columna Española cayó en una emboscada, en el fuego cruzado del enemigo.

Habían llegado noticias al General insurrecto del movimiento de fuerzas leales a la Corona en esa dirección y la tarde anterior, tras la comprobación de la veracidad de los informes, envió por refuerzos al Escandell, donde se encontraba su hermano, el General Antonio, con el grueso de la tropa mambisa, que era el modo en que se  hacían llamar los separatistas alzados, los insurrectos en los campos de la parte oriental de la Isla, los que corrían, de uno a otro lado, por la manigua, potreros y monte firme, quemaban caseríos y pueblos, pero nunca lograron ocupar y mantener una posición importante. Allí, estaban esperando, ocultos entre la maleza de las colinas, que se alzaban a ambos lados de la gran vaguada de Sao del Indio. Cayeron los plomos sobre la tropa, se formó, con inmediatez, el Cuadro: una formación de combate de la época, en que parte de la tropa se mantenía, en el centro, de pié y el resto se agachaba alrededor, formando un gran cuadro con tres niveles de tiro. Había superioridad de armamento de la parte del Ejército Español, pero la posición, en que se encontraban, les ponía en desventaja con relación a los mambises. Desde lo alto, el General José fue cazando oficiales. Se retiró herido el Capitán de Caballería hacia el poblado del Ramón. Tuvo lugar una retirada organizada, escalonada, sin dejar a nadie tirado en el campo de batalla. Ya en el Ramón, fueron curados los heridos… Don Ramón, con el brazo izquierdo en cabestrillo, montó en su caballo y dispuso a la tropa para la defensa del poblado, mientras enviaba exploradores para conocer el movimiento de los insurrectos.

A corta distancia, de forma visible, habían construidos una trinchera, atravesando el camino, a la salida del poblado, y se veían hombres, moviéndose en ella. Se decidió iniciar el ataque, antes de que lograsen consolidar la posición. Con su Rémington a la cintura, el que ocupó la funda de cuero negro de su antiguo revolver Lefaucheux, y blandiendo en alto el sable, apoyado en ambos estribos y el cuerpo echado hacia delante, salió a galope el intrépido Capitán, seguido de sus hombres. Al llegar a la altura de la trinchera, sacudió el suelo una gran explosión; volaron por los aires despedazados de caballos, cuerpos, brazos y cabezas. Y, cuando la polvareda cedió, el Sol golpeó el sable clavado en tierra del Capitán español y, en el árbol del lado, colgando de un jirón, estaban los grados de mi héroe mayor. 

Santander, 11 de Enero de 2005.

 

 

 

Nota: Del libro Cuentos de la Historia de España. Primera entrega, Santander, 2005.