ANDREA TUTOR

 

 

 

La Reina del Azúcar

 

 

Soy la Isla de Cuba, una isla en medio de los mares, bañada, en su vientre, por el Caribe y acariciada su espalda por el Océano Atlántico; visto por cinturón de castidad el Estrecho, que me protege de la penetración de la Florida. Algunos me sienten sensual; otros, erótica y hasta pervertida. En tanto, yo soy la tierra preferida, la joya de la Corona, la gema; la perla, que la España celta, goda, fenicia, judía, mora, gitana perdió; que el americano le “robó” y, luego, dejó en libertad condicional. Cuando el Almirante a mí llegó en sus carabelas destartaladas, con una de sus miradas, me llenó de vanidad; le mostré mi fertilidad y hasta mi riqueza, la que no se encontraba oculta, porque nadie se la iba a llevar; le mostré el oro entre la arena de los ríos, le recibí en mis bohíos y, a mis hijas, ofrecí en muestra de hospitalidad.

Me llamó Juana, lo que exteriorizó mi sexualidad. La denominación pronto me la cambiaron; no obstante, quedó marcada, como señal. El nombre, en hebreo, que me obsequió el Almirante, refleja el atributo del DIOS MISERICORDIOSO; tal vez, la MISERICORDIA disfrute con amor sexual, que, también, es un poco loco, como es locura el amar. Estoy ubicada entre la zona tórrida y templada del Planeta; mi clima siempre fue suave, acariciaba la piel, la brisa y la sombra de mis esbeltos bosques. Era una isla encantada. ¡Más que encantada, encantadora! No vivía, sobre mi suelo, ningún ser humano; fueron llegando, poco a poco, en canoas, desde el continente cercano; se deslizaban de una isla a otra, las que, cual racimo de mamoncillos, se extienden por el Mar Caribe, de grande a pequeñas.

Eran pacíficos mis primeros habitantes, a los que el Almirante dio por nombre “indios”, mientras ellos se hacían llamar taínos, siboneyes y guanajatabeyes. Realmente, arribaron en orden opuesto, daba la impresión de que el Continente-Sin-Nombre, por lo menos, en la Historia conocida en Europa, expelía a los a más pobres y atrasados en sucesión escalonada. A mí, no llegaron los caribes, con su devorar carne humana, con su agresividad extrema. Mis primeros pobladores me respetaron mucho, sólo se alimentaban de los abundantes frutos, que le regalaban mis árboles, de los moluscos de mis playas y algún que otro insecto; se guarecían en cuevas y socavones; eran verdaderamente tímidos. Al llegar las sucesivas oleadas de siboneyes y, posteriormente, de taínos, su timidez les hizo alejarse, poner distancia; refugiarse en el otro extremo de la isla o, quizás, estaban marcados por la experiencia de un contacto anterior con grupos poblacionales de Cultura relativamente superior. Estos tres grupos humanos se distribuyeron a lo largo del territorio sin grandes conflictos o traumas; era una tierra rica y bella en demasía, sobraba para todos, así como sus necesidades y exigencias no resultaron elevadas. Sin embargo, los taínos decidieron cultivar mis entrañas, conocían los misterios de la fertilidad de la tierra. Eran agricultores y pescadores.

El arribo del Almirante me llenó de regocijo; me encantaron sus atuendos y ademanes, su caballerosidad. Traía unos animales, que nunca habían vivido en mi suelo, puercos ibéricos, que también son cerdos, marranos, machos… Los echó al monte, en pleno bosque y, allí, cuidé de ellos con semillas y frutos; los multipliqué en progresión geométrica, en tal cantidad, que a su regreso quedó fascinado mi buen amigo. No podía ser de otra forma, pues no fue otro animal, que dejó a mi cuidado, sino cerdo, que es símbolo de prosperidad, fertilidad y suerte, consagrado a Dios, bajo el nombre de Deméter, responsable de los ciclos naturales. Y, los indios lo asumieron, cual animal propiciatorio de la lluvia, la que ellos asociaban, no en vano, con la fertilidad. Supo, que había recibido el más hermoso regalo del Cielo al pisar este terruño, que soy yo.  ¡A quién llaman CUBA!

Fueron llegando hombres, que tenían otra concepción de vida, no siempre mejor, pero sí con muchos deseos de trabajar y progresar, también ambiciosos. Bueno, la ambición, como cualquier otra cualidad, por sí misma no es mala ni buena; ella permite al hombre trazar proyectos y luchar por alcanzarlo, ponerse metas superiores y avanzar; lo terrible es la ambición desmedida, ya sea en exceso o en defecto. En el primer caso, convierte al hombre en un malvado, un truhán, aunque ande en levita y, en el segundo, lo hace un indolente, un haragán, uno de esos que deja todo para mañana, que está en espera del momento de realizar sus sueños, pero no camina, cada día, hacia ellos; no trabaja para la consecución de sus objetivos. La ambición desmedida deshumaniza al individuo, así como los cambios en la posición social, producto de un rápido y relativo enriquecimiento material. La riqueza material puede adquirirse o perderse con cierta facilidad, adpero[1][1] la riqueza moral y espiritual de los individuos, que conforman un pueblo, necesita de mucho tiempo para aumentar y, aún en situaciones extremas, quién es verdaderamente rico, no pierde su humanidad. Sobre mí, habitaban de todos los tipos, los vi levantarse y caer; los vi leales y dignos, fieles y honesto; también bandidos y tramposos, vulgares y malolientes, y muchos, muchísimos normales: ese término medio, que abunda tanto en los conglomerados humanos, los mediocres.

Al ser un país, una tierra, un terruño, una isla no respondo a intereses humanos, sino a la Verdad Absoluta, al mismo tiempo, es tan relativa como mi clima, mis bosques, que ya no son tan abundantes y bellos, ni mis condiciones climáticas tan suaves y acariciadoras. Como país, me siento honrado por esos hombres, que cruzaron la Mar Océano para poblarme, pues me sentía un tanto solito. Era una isla casi deshabitada y me encantan los seres humanos; me duermo con la melodía de sus voces; unas voces, que hablan la Lengua más bella, que haya escuchado, llena de sobriedad, de estilo y un tanto aristocrática. No eran, realmente, mediocres, los que me poblaron, porque no suelen ser mediocres aquéllos, que se lanzan a la aventura; los mediocres se quedan en casa, entre sábanas, al calor del lar, en la seguridad de lo alcanzado; la mediocridad no tiene que ver, en nada, con el arrojo y la fuerza del vencedor; de quién se lanza a la batalla sólo con sus deseos y capacidades. Esos fueron mis pobladores, una selección genética del pueblo español y, por ello, fui próspera, opulenta y muy, pero muy, muy rica y señorial.

Con el Almirante, venía un santo, que se compadeció de mis habitantes primeros, los indios, al no estar acostumbrados al duro trabajo; tampoco, lo necesitaban, pero les fue impuesto en una medida superior a sus fuerzas y costumbres. El padre Las Casas intentó ayudarlos; escribió a sus Reyes, a los que yo, la isla, el terruño, la Tierra Más Bella del Mundo, ya había asumido como míos, para que importaran otra fuerza de trabajo, que les aliviase tan pesada carga y tanto sufrimiento. Lo que no pudo evitar aquel buen hombre fue la alta mortalidad entre la población indígena, vinculada con enfermedades traídas de Europa, desconocidas en éste, mi paraíso. Paraíso sin animales venenosos, sin fieras; lugar, en que puedes descalzarte sin miedo a ser mordido por una serpiente, adentrar en el bosque sin otro temor que extraviarte; Edén de una flora maravillosa, cargada de aves de colorido plumaje y trino diverso, de árboles de maderas preciosas, impregnando el aire con sus aromas, cual terapia de Dioses; un oasis en medio de mares y continentes. Esa siempre fui yo, de la que sólo quedan vestigios, un cuerpo agotado por la ambición de sus pobladores y por la desidia de sus gobernantes; mas, me quedan las playas, los montes entre montañas y el encanto del amor.

Fui creciendo y consumiéndome a la vez, enriqueciéndome con la llegada de personas, caballos, reses, aves, semillas… hasta muchos nuevos cultivos y toda una Cultura con un DIOS, que me gustaba mucho, un DIOS triduo y uno, mostrado por un hombre, que habitó este Planeta y  enseñó la mejor forma de amarlo: amarlo desde las mejores cualidades humanas, a través de una profunda humanidad, sobre todo, con amor hacia Él y hacia todo el entorno y, en primer lugar, hacia los hermanos, los congéneres, el prójimo. Hasta yo me hice católica, imité a mi Reina, a la que le llamaban La Católica, una gran mujer, o mejor dicho, una Gran Señora. Entre tanta gente, cosas y costumbres nuevas, desembarcó, además, la caña de azúcar; le permití que se extendiera en pequeñas producciones locales: muchos trapiches surgieron, por generación espontánea, de forma paralela a la Ganadería. Un siglo más tarde, alternó con el tabaco; una planta, que los indios cultivaban y fumaban. Daba mucho placer y cierta somnolencia al ser aspirado su humo por la nariz o mascada su hoja al modo de ellos. Pero, los españoles preferían fumar por la boca.

A veces, me confundo y no sé si soy una isla sola o estoy rodeada por mares con cayos e islas menores acompañándome o soy una provincia lejana de aquel reino. Ya no sé, si solamente soy un terruño con bosques y playas, en el que caminan humanos o si he llegado a convertirme en humana yo misma. Sé, que me siento muy española al igual que mis pobladores; me concibo parte integrante con ellos y con la tierra, que les recibió al abrir los ojos, que les amamantó con su leche primera, con sus frutos, que ellos han hecho míos; en mí, se depositan sus restos. No te extrañe, si, a veces, te hablo, cual si fuese persona o como un ser supuestamente inanimado, como base de la vida; de todas formas soy yo, lo demás no tiene importancia.

Surgieron aglomeraciones de viviendas, ya no sólo había caseríos de bohíos; plazas, iglesias y edificios públicos fueron conformando las villas. ¿No te dije que era una isla encantada? ¿Cuántas villas hubo en mi territorio? Siendo una isla encantada, sólo podían ser siete mis villas fundacionales; número mágico, que marca los cuatro ciclos de la Luna, elemento frecuente en diversas religiones; siete es la suma del tres y el cuatro, símbolos numéricos de lo espiritual y lo terreno, respectivamente; siete son los colores del arco iris; siete es el número de la ALIANZA DIVINA, la PRESENCIA de DIOS en el hombre y entre los hombres, que se hace manifiesta en este simbolismo numérico. Ese DIOS acompañaba a sus evangelizadores y regalaba el Monte de Venus de la Tierra a sus pequeños hijos dioses terrenales. Así, que soy la Isla de Cuba, al tiempo que Monte de Venus del Planeta, poblado de bellos árboles de maderas preciosas y frutales; la dulzura y belleza de sus frutos y, en particular, de la reina de las frutas, la piña de Cuba, con su mejor cuna en El Caney, antiguo poblado de indios, donde crecen las mejores frutas de la Isla y, por qué no, del Mundo, son insuperable.

Siendo Venus la Diosa del Amor, de mí sólo podía emanar amabilidad, ternura y dulzura, así como el mar daba la pizca de sal, que remarcaba lo dulce; hacía sobresalir los sabores. Teniendo tanta sal y frutos de una dulzura exquisita, necesitaba de las abejas de Castilla para endulzar mis manjares o del melado y la raspadura a ausencia de ésta en abundancia. Con tanto amor y trabajo, con el desarrollo de tantísimo proyectos, mi mente requería de mayor cantidad de dulce, azúcar para alimentar el cerebro de mis habitantes, la que en combinación con la carne roja y el pescado, de cuya abundancia presumía, permitía un amplio desarrollo del intelecto. DIOS quiso hacerme la más dulce de la Tierra, quería que por mis ríos corriese azúcar de caña, salida de mis entrañas, pero, ahí, estaba Haití, que saturaba al mercado, con sus grandes plantaciones llenas de esclavos africanos, y se dio la rebelión…

Uno de mis Iluminados se encontraba en Madrid y supo mostrar al Rey un nuevo proyecto de desarrollo azucarero para mí. ¡Ah! Mas, la caña de azúcar necesita de grandes extensiones y existía la Prohibición Real de talar mis árboles, mis árboles de maderas preciosas, por lo que se dieron por expulsar a los tabaqueros del Valle de Güines, irrigado por las aguas del río Mayabeque, más tarde, de otras de mis regiones centrales y, así, sucesivamente. Ante la fuerte y rápida expansión de las plantaciones de caña, fueron retrocediendo los bosques, para caer bajo el peso demoledor de hachas y sierras al conceder su venia el Rey Fernando VII. Se vio obligado a ceder ante las peticiones, que más que peticiones eran presiones, de la aristocracia criolla y peninsular, establecida en la Isla, con gran influencia en la Corte y una lealtad probada para con su Rey.

Allí en Güines, el más fértil entre mis fértiles valles y tierras, hacia cuyo Sur, en lugar cenagoso, infectado por mosquitos y alimañas, se fundó la primera Villa de San Cristóbal de La Habana, la que, luego, se trasladó a la zona de la Chorrera en mi costa norte, para hallar su definitivo emplazamiento en el Puerto de Carenas, fue dónde tuvo su principio el famoso Boom Azucarero de la Isla. Para más suerte, lo que inicialmente se consideró un desastre, una enorme crecida de las aguas, que desbordó al Mayabeque de su cauce e inundó el valle, hizo crecer la caña con tal fuerza y de forma tan espléndida, que, de inmediato, se dieron a la creación de todo un sistema de riego por gravedad, formando una comunidad de propietarios, la Comunidad de Regantes de Güines, primer sistema de riego de la América post-colombina.

Se requerían muchos brazos y fueron acarreados en las bodegas y cubiertas de buques desde el continente africano. Esclavos, comprados por los negociantes, dedicados a la Trata Negrera, en las costas atlánticas del África a los nativos cazadores de individuos de otras tribus, comenzaron a formar parte del paisaje habitual del ingenio azucarero y sus extensas plantaciones aledañas; de los cafetales. Comenzó a ser temible el paraíso; la Reina del Azúcar estaba preñada.

                                                              Santander, Abril de 2005

Nota: Del libro Cuentos de la Historia de España. Primera Entrega), Santander, 2005.

 

 

 



 



[1] Adpero, es una forma antigua en desuso de “pero”.