Los tres Diegos

 

Me enfrento a una casa de dos plantas, que hace esquina, custodiando un parque. Es una mañana soleada y el calor hace buscar la sombra protectora de cualquier árbol. Este parque, a su vez, es antesala de la Catedral Primada de la Isla de Cuba, la que se yergue, tras sus altos balcones en forma de amplias terrazas, que albergan a sus pies diversas tiendas de artesanía, librerías, oficinas. Sorteando los vehículos, atravieso la calzada, que cede bajo mis pies ante el azote implacable del Sol de este día estival, que amenaza con cruzar el meridiano. El Sol, en su cenit, arranca vapores fulgurantes de la franja asfáltica. Piso el umbral sin más preámbulo, pues está al borde, casi en la misma calzada.

Es una casa relativamente modesta para estos tiempos, y mucho más, si se tiene en cuenta a su propietario inicial, nada más ni nada menos que Don Diego de Velásquez, el primer Gobernador de la Isla de Cuba, la que recibió en el descubrimiento el nombre de Juana, en honor a la que sería Reina de Castilla, hija de los Reyes Católicos, la futura Juana la Loca, esposa de Felipe I, El Hermoso, y madre de Carlos I de España y V de Alemania; la Reina, que enloqueció de amor, por lo menos, así fue del modo que trascendió a la Historia. Pues, estamos en una isla loca, pero a su vez en la ciudad menos loca, a su vez, la más sensata de la Isla. ¿O me confundo? Mas, la casa, que hoy es una edificación común, a principios del siglo XVI, debió ser un verdadero Palacio para una villa, que recién se establecía; para aquellos primeros pobladores europeos, que se sumaban a la limitada población nativa, encontrada en la Isla; población, en merma constante, a causas de enfermedades desconocidas hasta entonces por aquellos parajes y los suicidios de familias indígenas. La Casa del Gobernador y la Catedral presidían la Plaza; eran las edificaciones de mayor importancia en la primera ciudad-capital, la que todavía no era ciudad, sino una de las siete villas de la Isla de Cuba. Al igual que las restantes, comenzó por ser un caserío de modestos bohíos de forma rectangular, inclusive, la Catedral era un bohío. Nada que ver con la majestuosidad catedralicia del presente.

De pronto, la penumbra interior, que apenas dejaba ver tras el resplandor del exterior, se iluminó y apareció Don Diego de Velázquez en persona, delante de mí. Se hizo visible lo invisible y lo visible, no visible. Al parecer, ellos no se percataban de mi presencia extemporánea. Corría una brisa fresca en el interior y aquellos tres hombres, sentados a la mesa, conversaban amigablemente, pero yo solamente veía a dos y los gestos suaves de unas manos delicadas de hombre al uso de la palabra. Me llamó la atención, que un coracero compartiese mesa con el Gobernador de la Isla. Bromeaban sobre las exigencias de Hernán Cortés, más bien, se burlaban por la buena ocurrencia de Don Diego Torres, Cronista de la época, algo así como un Secretario Privado para asuntos delicados del Gobernador y, con particular presencia, a partir del nombramiento de Cortés al frente de la Alcaldía  de la Villa-capital, y amigo. Hablaba Don Diego Torres, el primer Torres que pisó América. Al callar éste, el Coracero entre carcajadas apuntó:

- ¡Si no le bastan los caballos, que monten en burros! ¡De tres en tres! –los otros dos Diegos se le unieron con sus risas.

 Hacía algún tiempo, Don Diego de Velázquez había encomendado a Hernán Cortés, con el que, en algún momento anterior, había presentado ciertas desavenencias personales, por no contar con otro mejor y tomando en consideración el fracaso de su enviado anterior, Grijalva, en su expedición a Yucatán, pues, le encargó la exploración de las costas y territorios mexicanos, adonde le envió con una expedición de unos seiscientos hombres. Hernán no se limitó a cumplir las órdenes del Gobernador. Éste, tampoco, tenía potestad para iniciar una conquista del continente americano sin la autorización debida. Su ambición le lanzó a la conquista del territorio de los mexicas, cuya casta gobernante y aristocrática estaba constituida por los Aztecas, con un Emperador a la cabeza del Imperio. Todo un imperio con construcciones monumentales y una organización, estrictamente, jerárquica de la sociedad y con un sistema de vasallaje de unos grupos étnicos sobre otros.

Estando enfrascado en la conquista y colonización de México, Don Hernán Cortés dependía de los abastecimientos llegados de la Isla de Cuba, de aquella isla loca y, en particular, del casabe, una torta elaborada a partir de la yuca. En Cuba, yuca era la palabra, con que los indios taínos denominaban a aquel extraño alimento, una raíz alargada de cáscara marrón, que, con el menor roce, dejaba al descubierto un color rosa subido, cual segunda cáscara, pero más rolliza y lisa; el interior del tubérculo era carnoso y blanco, con un cordón fibroso a todo lo largo en su parte central. La planta, desconocida para Europa, era bella, cual diseñada para un jardín, muy parecida a la Flor de Pascua. Y, en sus raíces, muy cercanas al tronco, se encuentran varias yucas, cual rosa náutica a flor de tierra. Yuca, alimento salvador, base de la conquista de América. Ante la falta de harina de Castilla, es decir, de harina de trigo, el que no crecía en aquella latitud, se tuvieron que acostumbrar al casabe, de ahí surgió el refrán, “¡A falta de pan, casabe!”, que todavía se utiliza en la Isla en nuestros días, la que cada vez es más loca; tiene demencia crónica, como Juana, según decían. No era precisamente el casabe, el que les movía a la risa, ni el tocino, la carne de cerdo y sus más diversos derivados, que se enviaban a México a los conquistadores a cambio de gruesas sumas, lo que dio esplendor a las villas y enriqueció a sus moradores, sino el monopolio de las yeguas.

Por cierto, el propio Colón se sorprendió en su segundo viaje por la feracidad de una tierra, en la que los cerdos abandonados en pleno bosque, se reproducían con una celeridad inimaginable. Esa tierra fértil y cultivable, como ninguna otra, dio la materia prima para fabricar el pan de yuca, que no era pan, sino una tortilla o torta grande, circular y seca; tubérculo, rallado con guayos de piedrecillas hincadas en una tabla; masa prensada y dejada secar, producto, que precisaba ser humedecido para ingerir, el casabe, en el mejor de los casos, con carne de puerco. Los Cerdos nacían en torrente, se movían entre los plantíos de yuca y maíz, entre los bohíos, servían de cabalgadura a los indiecillos, se perdían en el bosque y regresaban al caer la tarde. Maíz, yuca, cerdos, pescados, aves y una insipiente ganadería vacuna, que proveía de carne fresca y salada y, más desarrollada, la caballar. ¡En esa isla, había una eterna Primavera para plantas, animales y humanos!

El objetivo de esa política comercial restrictiva radicaba en garantizar las exportaciones de equinos, tan necesarios para los ejércitos de aquellos tiempos y, mucho más, teniendo en cuenta la fuerte impresión, que le causaba a los indios ver a esos hombres diferentes, envueltos en ropajes llamativos, con armas de metal, que vomitaban fuego, cabalgando sobre unas bestias desconocidas; no sabían, si eran parte de su mismo cuerpo, el que se desdoblaba  y dividía en dos al desmontar; hombres calzados. Los caballos, que constituían tanques de guerra de siglos pasados, fueron el Talón de Aquiles de Cortés, pues el pícaro Don Diego Torres sugirió, solamente, embarcar hacia las costas mexicanas caballos machos, por lo que se crearía una dependencia comercial de la Isla, y fuente permanente de entrada de oro y plata durante la conquista de nuevos territorios.

Pasado un tiempo, Cortés comenzó a quejarse al Don Diego Gobernador por esta limitación, que iba en contra de sus intereses y no le permitía fomentar la reproducción de caballos en las tierras conquistadas, así como hacía erogar constantemente dinero para sustituir los caballos enfermos, heridos y muertos en las batallas y caminos. El Gobernador de Cuba permanecía impasible y hacía oídos sordos a las quejas de Cortés, es más, se divertía sobremanera, a lo que contribuía el humor, un tanto de aldeano, de Diego, el Coracero, quien le acompañó en su viaje a América, al enrolarse en el segundo viaje del Almirante Cristóbal Colón, junto con él.

Entonces, se estableció en La Española, y al mostrar valentía y fiereza en la represión de una sublevación de indígenas, la guerra Higüey, otro Diego, esta vez, Colón, hijo del Almirante, lo nombró Gobernador de Cuba y le encargó su colonización, es decir, el establecimiento de villas y explotación de sus recursos económicos, sobre todo, la extracción de oro. Su más fiel acompañante en todas esas peripecias y aventuras había sido don Diego, nombre que siempre pronunciaba a secas y sin apellido acompañante, un Diego cualquiera. En cambio, con el otro Diego, Don Diego Torres la relación mantenía todas las normas de una educación castiza.

Fue tanto lo que sufrió Cortés con lo de las yeguas y tan firme el Gobernador de Cuba en su monopolio de yeguas, que el primero tuvo que recurrir, directamente, a los Reyes Católicos para hacer una reclamación de lo que él consideraba un abuso en las atribuciones de Velázquez. Con una carta de Su Majestad la Reina Isabel, La Católica, llegaron yeguas a México.

 

En una ocasión, se dirigían los tres Diegos a El Caney, un caserío de indios taínos a algo más de una legua de camino hacia el Este, poblado de bohíos cónicos y rectangulares, donde predominaban los primeros, habitado por indios pacíficos y laboriosos. Aunque, para ser justos, habría que decir, que su régimen de trabajo era algo lento y no tenían la fortaleza de un europeo, pues se alimentaban, en lo fundamental, de vegetales y pescado y, según decía Don Diego Torres, el tipo de alimentación era determinante en los estados de ánimo y no sólo en la robustez de los individuos, sino, y ante todo, en la cantidad de energía de éstos. Él era un gran observador y consideraba la observación, como una de las mayores fuentes de sabiduría, en perfecta conjunción, con la reflexión. Solía decir:

- Observe, Su Excelencia, hasta las piedras del camino nos hablan. Los árboles nos dicen por dónde sale el sol y las estrellas han guiado al hombre desde antaño. Es, que Dios nos va hablando de diferentes formas. Nos habla en cada flor, en ese gesto dubitativo de su rostro, mientras me escucha –se sonrío irónicamente-. Nosotros hemos perdido el sentido del olfato. Mas, Vuestra Excelencia, habrá notado, que los indios olfatean el aire y saben si hay alguien cerca, si es español o indígena. Ponen sus orejas en tierra y descubren el trote de nuestros caballos, aún, a una gran distancia. ¡Es que hasta nuestros olores delatan el tipo de alimentación!

- ¡Ay, Don Diego!, Don Diego, Vuestra Merced sois un sabio. Mi mente se dedica a asuntos más terrenales. Mis preocupaciones centrales están en cómo sacar más oro, en que los ríos se agotan y, cada vez, hay que ir más lejos; en que la fuerza de trabajo india es escasa; en que estos hombres y mujeres los mata la tristeza.

- No es la tristeza, sino el trabajo forzado y una disciplina, un régimen de trabajo, al que no están acostumbrados. Ellos necesitan más de su vida bucólica que de nuestra Cultura superior. Eso sí, nos respetan mucho y casi nos adoran, pues nos creen hijos de los Dioses, Semidioses –suspiró-. Sin embargo, nosotros abusamos de ello.

- Ya veo, Don Diego, que se inclina por las ideas de Don Bartolomé de las Casas. ¡Pero, Don Diego, el Padre de las Casas es Sacerdote! –señaló, enfáticamente, Velázquez– De facto, está, Usted, desarrollando un sustento teórico a la prohibición de la Encomienda.

Diego, el Coracero, se aburría por el giro, que había tomado la conversación, por lo que se puso a observar el paisaje a ambos lados de la senda paralela al riachuelo, que los llevaba a El Caney. Algo se movió entre la maleza.

-  ¡Alto! ¿Quién vive? –gritó don Diego, mientras disponía sus armas.

-  ¿A qué viene tanto alboroto? –preguntó, el Gobernador.

Pero, ya el Coracero no le escuchaba; con su caballo a todo galope, el casco puesto y la espada en mano, batiendo el aire sus holgados gregüescos, llamados también calzones y leonas, con predominio del amarillo sobre el rojo, y las abiertas mangas del jubón, flotando en saludo constante, arremetía contra los matorrales. Salieron corriendo unos hombres en cueros y con sus cuerpos pintados, al modo de los indios. Tras lanzar varias piedras, se perdieron en la espesura. A su regreso, apuntó enfáticamente:

-  Eran salteadores de camino. Bandidos.

- A mí, me parecieron indios, pues iban en cueros, incluso, sin taparrabos –apuntó Velázquez.

- Parecían demasiado corpulentos para ser indios –observó Don Diego Torres-, pero la distancia y la rapidez de la acción no me dejaron advertir más detalles.

-  Estos eran unos indios de pechos peludos y con bigotes. Al parecer, más que la energía empleada en el ataque, les espantó ver la armadura plateada del Gobernador y su vistoso sombrero. No es lo mismo asaltar al Excelentísimo Gobernador de la Isla que a unos simples moradores de la Villa –repuso sabiamente el Coracero, que después de la carrera y el susto sudaba copiosamente.

-  Por lo menos, nos amenizaron el camino en estos tiempos tan faltos de acción, de vida sedentaria, un tanto pastoril –apuntó Don Diego Torres con su casi imperceptible sonrisa.

A la llegaba al batey central del poblado de El Caney, rodeado de bohíos y caneyes, salieron corriendo a saludarles los indios ancianos, mientras los más pequeños se escondían, amparados por la desnudez de sus madres: unas, con un nené en brazos y otras, con sus vientres abultados, tan abultados como los de sus hijos parasitados. El Gobernador, después de intercambiar los saludos protocolares, se dirigió a quién parecía ser el Jefe:

-  Quiero poner en su conocimiento, que, en lo adelante, se autoriza el matrimonio de los moradores españoles con las nativas. En el día de hoy, quiero formalizar la ceremonia de matrimonio de don Diego, mi Coracero y amigo, con su hija. Pues, a pesar de contar con hijos, en común, no han recibido el Sacramento Cristiano –hizo una pausa, como midiendo la necesidad de ser más extenso o no, luego, prosiguió-. Sus Majestades los Reyes de España, Don Fernando de Aragón y Doña Isabel I de Castilla, han dado su consentimiento a tales uniones, en vista de la carencia de mujeres entre los españoles.

- Con mucha humildad, le expreso, que ya están casados en nupcias taínas. Ya que él es hispanyol, acepto que mi hija se someta a ese otro rito –hablaba lento, con un acento fuerte, pero tratando de dar a sus palabras parsimonia y corrección-. De tomas formas, ella ha sido cristianizada y, por ello, debe respetar los ritos cristianos.

- Esto implica, que, una vez celebrado el matrimonio cristiano, vivan, como marido y mujer, en la casa de don Diego en Cuba –que era cómo se le llamaba de forma abreviada a la Villa de Santiago de Cuba.

Tras los saludos formales y un breve apretón de manos, quedó sellado el entendimiento, y la primera unión legal de un español y una india taína. No obstante, por aquella aldea corrían ya demasiados ¿indiecitos? con pelos amarillos y ojos verdes, mezclados con el color cobrizo de sus pieles; un cobrizo algo más pálido que el de sus madres.

 

Estoy sentada escribiendo la crónica de los primeros años de nuestra vida en la Isla de Cuba. Sólo, ahora, me doy cuenta, que ocupo el cuerpo de Don Diego Torres. Hasta el momento, no me sentía más que como espectadora invisible, que no lograba ver el rostro de una de las voces de ese frecuente trío. Soy Diego; quiero ver mi rostro, mi faz de entonces. Me paro ante el espejo, un espejo de plata circular, de esos antiguos espejos traídos de España, arrancado a última hora de una de las paredes de nuestra casa, en las inmediaciones de Toledo. Había algarabía a mi alrededor; mis parientes, acostumbrados a las partidas de los varones hacia batallas cristianas, se preparaban para mi despedida; en su mayoría, personas de estatura media y porte distinguido, por lo que esperaba, que el espejo me devolviese una imagen similar. Ante mí, apareció un elegante hombre de mediana edad, algo delgado, enfundado en un traje marrón de la época, que me hacía imaginarle en Salones o montado en un blanco corcel, pero que resultaba anacrónico y muy caluroso en el medio actual. Mi educación me exigía estar abotonado y siempre erguido. Adpero, por entre tejidos naturales y mi cuerpo, cual surtidores constantes, rodaban las gotas de sudor por mi piel, mojaban la ropa en las espaldas y axilas; sufría, sufría mucho mi corazón.

Santander, Mayo de 2005

 

Nota: Del libro Cuentos de la Historia de España. Primera Entrega, Santander, 2005