Mi tío Húsar

 

 

En una villa de Asturias, que, entonces, se llamaba Cangas de Tineo, entre montañas nevadas, nació un niño muy lindo y bueno. Le llamaban Pepito, al que tenía los ojos color del cielo. Nació entre mucho brillo, encajes y vuelos; con gran señorío, se educó el nieto mayor de su abuelo. Todos sus amigos corrían contentos, cuesta abajo hacia la fuente, mas se detenían ante el escudo excelso, que adornaba la fachada de la casa del abuelo. Y, llenos de júbilo, gritaban contentos:

-         ¡Buenos días, Pepito! Venid, con nosotros, a la fuente. ¡Hace un día muy bueno!

-         Les estoy agradecido –contestaba muy correcto-, pero el Profesor vino, me puso muchos deberes y los vendrá a revisar luego.

Sus abuelos querían hacer de Pepito un niño modelo, pero, como cualquier otro niño, quería correr con sus amigos, jugar sus juegos. Sólo, de cuando en cuando, a ellos se les permitía el acceso a la Casa Solariega, para que compartiesen sueños y distrajesen al amado nieto.

En tanto, a su padre le molestaba todo aquello. No entendía el porqué su hijo no podía ser un niño como todos, al proceder, él, de familia burguesa con una educación corriente. Mas, su esposa le decía:

-         Sé discreto. A mis padres, le molesta, cuando hablas con tanto acento y quieres rebatir con vulgares argumentos. El niño pertenece a Familia Ilustre e ilustres tienen que ser sus sueños. Por tanto, aunque porfíes, Pepito debe ser educado para ello.

El buen Don Antonio miró el interior de su SEÑORA esposa, a través de esos ojos azules, azules como el cielo, que lo miraban entre severos y amorosos, que lo derretían por dentro. Mientras tanto, cabizbajo, comenzó a tejer planes; se imaginó surcando los mares, alejándose de sus suegros. Tuvo que esperar, porque era muy pronto para ello, pues su mujer estaba en cintas y un viaje no era un juego en aquellos tiempos. Sin hacer comentarios, recogió información, vendió sus bienes y compró pasajes, para cuando hubiese buen tiempo, tomando en consideración que la Flota remontaba el Océano sólo dos veces al año.

En Abril, nació la niña. María Herminia Pantaleona le pusieron, más ella siempre prefirió ser Herminia y, así, la conocieron sus nietos. A diferencia de su hermanito, no lució una cabellera rubia y los ojos color del cielo, sino que llevó en su niñez cabellos castaños, que se le oscurecieron con el paso de los años y, en combinación, ojos pardos. No se parecía mucho a su madre, que mostraba una fragilidad lánguida y una piel casi transparente, más bien, pudiese decirse, que era la copia perfeccionada del padre.

-         Con tantos nombres, la niña no va a saber ni cómo se llama –protestó, Don Antonio, entre dientes.

-         Es costumbre de familia. Usted bien lo sabes –respondió airada, Doña Josefa, la abuela-. No contrajo matrimonio con una aldeana, sino con una Dama. Y, Damas han de ser mis nietas.

En la noche, entre mantas, comunicó a la bella Amelia, su consorte, las verdaderas intenciones de su silencio y le pidió, que le acompañara, ya no le era posible soportar y vivir junto a sus suegros. Estos no le respetaban y creían, que sus hijos eran de ellos. La esposa afligida musitó:

-         No sé qué decirte. Debemos conversar con mi SEÑOR padre. Por supuesto, te apoyaré hasta dónde sea correcto.

Mientras tanto, Pepito comenzaba a entretejer sueños. Se veía siendo un soldadito, pero no del modo de aquéllos, que estaban en la balda de su aposento. El pelo rubio se le transformaba en castaño, que contrastaba con su pálida piel, cachetes sonrosados y sus ojos azules. Su porte distinguido y maneras gentiles le hicieron exclamar al tío:

-         En él, veo a un Húsar. José será mi sucesor en el Regimiento.

Corrió alegre Pepito a comunicar el suceso a Don Antonio, que se mantenía el mayor tiempo posible en su alcoba.

-         ¡Déjate de boberías! No piensu seguir aquí pur más tiempu. Nos vamus a La Habana en cuantu haya buen tiempu.

-         No hable Usted tan feo, padre. ¿No ve, que los abuelos le dicen el Aldeano por esa fea costumbre?

-         Está decididu. ¡Basta ya de supurtar a tus abuelus! –remarcó, cada palabra, con mayor acento, como ermitaño bajado de La Montaña, el que nació en la Villa deTineo.

Corrió Pepito, llorando al Salón, donde estaba, la familia, reunida. Expresó, que él no quería separarse de sus abuelos, que su padre quería llevárselo a La Habana. Mas, ser Húsar era más preciado sueño. Se armó gran revuelo en la casa: unas lloraban, otros reñían. El abuelo Miguel llamó al orden:

-         Muy bien, ya que ese es vuestro deseo y vosotros formáis una familia, nadie puede impedir, que hagáis sus propios caminos. Eso sí, al niño nadie lo saca de esta casa. Él es mi heredero y será Húsar, como mi hermano, porque lo ha pedido y, para ello, está su abuelo, para garantizarle sus deseos.

Remontaron el Océano, se perdieron en el tiempo, mientras Pepito se hacía hombre en Cangas de Tineo. Se marchó, a Madrid, a casa de su tío Ministro para concretar sus anhelos. Él lo llevó al Regimiento de Húsares de Pavía. Allí, comenzó su entrenamiento en uniforme de diario: chaqueta encarnada, pantalones azules y guantes grises cubrieron su elegante cuerpo. Con gorra roja y capote gris azul, se movía mi tío, el Húsar, por el Regimiento. Fue tanta su disciplina, a la que, ciertamente, estaba acostumbrado, que fue muy destacado su desempeño. ¡Aprendió cuánto le exigían y, muchos más, con gran empeño! Pronto lo ascendieron a Teniente de Húsares. En la Ceremonia, vistió de gala y su tío Ministro se movía contento en su asiento; saludaba a sus amigos y presentaba al Húsar de Cangas de Tineo.

En entorchado traje de gala, por el colbac cubierto, donde se distinguían las iniciales del Regimiento de los Húsares de Pavía, HDP en oro cubierto, con su pelliza azul en el hombro izquierdo, se presentó en casa del tío. Su prima, deslumbrada por el primo Húsar, comenzó a vivir el más grande y hermoso de los sueños, descubrió el amor. A él, ella le traía a la mente un lejano recuerdo, cuando su madre lo acunaba en sus brazos y le daba muchos besos. Si miraba sus ojos, quedaba turbado; sentía gran desconcierto. Ante el sentimiento mutuo, conversaron, tío y abuelo. Los dos hermanos llegaron a un acuerdo: pedir una dispensa a la Iglesia, pues los primos la necesitaban para contraer matrimonio entonces, más por hemofilia que porque hubiese pecado en el hecho.

No sólo suspiraba por el tío Pepe la prima, quien alucinaba con el Húsar aún despierta, entre amigas y paseos por “El Retiro” de Madrid, sino también solía haber gran revuelo, cuando éste se paseaba por Cangas de Tineo o visitaba sus Salones; lo miraban las doncellas y sus madres dejaban entrever la posibilidad, que el Húsar fuese el padre de sus nietos. Por más que se insinuaban, el tío Pepe no fijaba sus ojos en ellas. Para él, solamente existía su prima, y la consideraba la más bella y grácil criatura, una princesa.

Era muy diestro con el sable, dominaba varias lenguas y, al jinete, no había nadie, que le pudiese ganar una apuesta. Lo mandaban a misiones especiales y siempre tuvo acierto en ellas. Como recompensa, le adornaban órdenes el pecho, junto a la de San Fernando, que lucía todo el Regimiento. Él pidió ir a la Guerra de Cuba, pero lo impidió su abuelo, así como su abuela y madre, una a cada lado del Océano, con sus rezos. La última oraba en La Habana y la primera, en Cangas de Tineo. En La Habana, su familia se enorgullecía y hablaba constantemente sobre él:

-         El tío Pepe es Húsar de la Reina Doña María Cristina. ¡Es un valiente! Nosotros estamos muy orgullosos de él –decía el sobrino Antonio a sus hermanos pequeños-. A Cangas de Tineo, algún día iremos. Miren su retrato. ¿No es verdad que es muy apuesto?

No pudo ir a Cuba. Se murieron, en La Habana, sus padres y no conocía a sus hermanos pequeños. Ellos nacieron en La Habana y él, en Cangas de Tineo; él era asturiano de Asturias y sus hermanos, asturianos habaneros.

Si su tío, el Ministro, había participado en el golpe de Estado, al lado del General Martínez Campos y Primo de Rivera, proclamando Rey de España a Alfonso XII, hijo de la destronada, como resultado de “La Gloriosa” o Revolución de Topete de 1968, Isabel II, pues, al tío Pepe le correspondió ser Correo Real para misiones especiales de Su Majestad la Reina Doña María Cristina, participar en desfiles militares ante Sus Majestades. En particular, recordaba el primero, en que el Rey Alfonso XIII dejó de ser niño y se presentó vestido de Húsar a pasar revista al Regimiento 20. Número, que hacía recordar el origen húngaro de ese cuerpo armado, formado por la influencia de Los Austria en la Corte Española y que dio inicio a la existencia de los Húsares de Pavía en el siglo XVII. Estos, con intermitente presencia, se mantuvieron en la vida política, militar y social del Reino, hasta que la Segunda República puso fin a su existencia por la manifiesta lealtad de la tropa a Sus Majestades los Reyes de España.

 Nuestro apuesto y valiente Húsar exploró los bosques de la frontera hispano-francesa en el Pirineo Aragonés; subyugado por la belleza del paisaje, comenzó a escribir poemas, que guardaba en el portapliegos de cuero negro con las iniciales doradas, en su libreta. Cual jilguero, cantaba a la frontera:

En la frontera del Reino

vigilo con gran atención,

pues el Rey vecino

muestra demasiada ambición.

 

¿Qué se disputan,

siendo de la misma sangre?

 

Al Norte, franceses Borbones;

de este lado, españoles Borbones,

mezcla de  Austrias con sangre alemana,

vuelta a unir a la Castellana.

¿Qué se disputan,

siendo de la misma sangre?

 

Casi al finalizar su carrera militar, se trasladó a Ceuta a una misión secreta. Estando en aquella ciudad española del Norte de África, informó sobre las intenciones de Abd el Krim, de atacar la posición de Kudia Tahar para impedir el desembarco del Ejército Español. Ya, en aquel momento, estaba muy enfermo; la tisis, como frecuentemente se le llamaba a la tuberculosis entonces, había debilitado su cuerpo, por lo que, al concluir su misión en Ceuta, fue desmovilizado del Regimiento de Húsares de Pavía. Se retiró, de nuevo, a Cangas de Tineo.

Su novia lo esperaba con la ilusión de casarse y pasar a vivir en la Casa Solariega de los Fernández Santamaría. Pero, era tan sublime su amor, que nuestro apuesto Teniente, con el mayor pesar del Mundo, declinó su ofrecimiento de matrimonio por temor a contagiar a su bella y elegante novia. Y, como su tristeza era tan profunda, así como el dolor de verla pasar a lo lejos, en sus estancias en Cangas. Para evitar el dolor de la cercanía en Semana Santa y Verano o de sus estancias más largas, también huyendo de caer en la tentación de relacionarse con ella de nuevo, con las terribles consecuencias de una posible enfermedad incurable, tomó la decisión de irse a Santander en busca de paz y de mejor clima, donde los inviernos no eran tan crudos como en el Suroeste de Asturias. Entretanto, la melancolía hacía estragos en la afligida prima; no había manera de que se interesase en otros pretendientes, solamente, leía y releía los poemas, que su primo el Húsar le había dedicado. En especial, gustaba de aquél, escrito en uno de sus viajes al Principado de Sajonia:

Ante la Madona Sixtina,

quedé perplejo;

no sabía, si contemplar al Niño

o a mujer tan bella.

 

La tenía a mi lado

y no apartaba la vista de ella,

al vislumbrar su retrato

hecho, antes, que naciera.

El tío Ministro comenzó a inquietarse por la salud de su hija. Decidió, que debía casarse lo antes posible, para que ocupase su mente con las obligaciones de una esposa. Al oír los argumentos del padre y sobre la necesidad de darle herederos, la bella muchacha decidió tomar los hábitos. No le prodigaría sus mimos a nadie sin amor; no viviría una vida oscura, gris y llena  de hipocresía. Sólo, se entregaría por amor y, por ello, se entregó al SEÑOR JESUCRISTO, muy a la usanza de los tiempos. Se fue al convento.

En Santander, mi tío Húsar vivió en las afueras de la ciudad; solía pasar la mayor parte del tiempo solo y gustaba andar, respirar el aire puro, ser acariciado por la brisa marina, la que, por momentos o en algún recodo del camino, se transformaba en ráfaga. Por aquel entonces, era pequeña la distinguida capital del Norte. En días buenos, de cielo azul y sol brillante, subía la colina de Cazoña, desde donde divisaba los nevados Picos de Europa en la distancia, para imaginarse, detrás de ellos, a su Cangas de Tineo de la infancia y primera juventud, que le traían muy gratos recuerdos; recuerdos queridos, gratos y distantes en el tiempo. Sentado sobre el prado, veía salir los navíos, que remontarían el Océano Atlántico y atracarían en La Habana. Se preguntaba a sí mismo, si sus hermanos y sobrinos irían a recibir a los que llegaban de la Península, como él hacía, de vez en vez, con los que partían; aprovechaba para hacerles unas letras, y enviar retratos y algunas golosinas nacionales, lo típico de la región. En la práctica, no tenía familia el tío Húsar, cercana quiero decir, en la Península, después de fenecidos sus abuelos, por lo que se conformaba con las fotografías de sus dos hermanas y hermano, y de sus sobrinos indianos.

Paseaba por La Maruca, pues le encantaba contemplar la pequeña ensenada de cambiante dimensión a causa del juego de la Luna y el mar; andaba hasta el Faro, pasando por Cueto, fascinado por la costa del Cantábrico, absorto en el vuelo de multitudes de estorninos en constantes ondulaciones y zigzagueos; acariciado por el ruido de las olas y el sonido de los campos en permanente pastoreo.

Caminaba el caballero, que seguía sintiéndose soldado por dentro. Allá, por la finca “San Quintín”, con cierta frecuencia, se cruzaba con un Escritor en su paseo, que, siendo del otro bando, sabía comportarse, cual un señor, sólo que llevaba la chaqueta del traje abierta. En aquellos tiempos, la sociedad estaba dividida, en los que eran leales al Rey y los que deseaban implantar una república, copia del estado vecino o de algún otro estado lejano de costumbres bárbaras para el gusto de la mayoría de los habitantes del Reino. A pesar de que los ánimos estaban un tanto sobresaltados, se llevaban la mano al ala de sus respectivos sombreros y, con leve inclinación, se saludaban Escritor y Húsar, como manda DIOS.

Camino a La Magdalena, cuando tomaba otro camino, por la ladera sur, bordeando la Bahía de Santander, cuya bellaza le hacía soñar y hacía salir a flote al Poeta, se detenía en el Público Lavadero, para recordar a aquellos amigos de la infancia, que se entretenían, viendo a las mujeres lavar; les divertían sus alegres charlas, parloteo incansable, imparable, entrañable; inclusive, se llegan a remangar las blusas, mostrando sus rollizos brazos y hasta algún tobillo al subirse la falda, lo que hacía una delicia de sus observaciones y les llenaba de fantasías. Se detenía aquí y allá, saludaba a algún conocido de paso y se internaba, por unos instantes  entre las más estrechas calles de segunda y tercera fila, para adquirir algo en las múltiples tiendas del Centro, para de nuevo volver a enfrentarse al mar, dejar su mente volar, repetir batallas y los entrenamientos, recordar viajes… Pues, mi tío Pepe nunca dejó de ser Húsar en su pensamiento.

 

Santander, Verano de 2004

 

 

Nota: ANDREA TUTOR, Cuentos de la Historia de España, Primera entrega, Santander,  

          2005.