Un Guardia Civil en La Habana

 

(relato juvenil)

 

Mi nombre no dice mucho en la Isla de Cuba, apenas se menciona en la Historia de ese país, que, en mi tiempo, también fue el mío; es mucho más común oír el de mi hijo o el de mi esposa, una simple modista isleña, que es cómo, en la Isla, se le dice a los pobladores de las Islas Canarias. Para los nacidos en ese trozo de tierra, rodeado por un magnífico y precioso mar, ellos no son isleños; no cabe esa noción en sus mentes. En fin, cuando los oyes hablar, por no decir pensar, da la impresión de que son nacidos en el interior del continente, y no del americano, por cierto. Hasta podría asegurar, que no tienen una relación con el mar, que lo abarca todo, el que ves cada mañana y te enterneces con los mágicos atardeceres habaneros. Pueden ver el mar a todas horas, pero para los habitantes de la Isla, por lo general, el mar no es más que paisaje y playas para el esparcimiento; sus vidas están volcadas hacia el interior. Son hombres de tierra adentro.

No había transcurrido una década de formada la Guardia Civil, por el Duque de Ahumada, bajo el reinado de Su Majestad la Reina Doña Isabel II, cuya principal tarea era poner coto al elevado nivel de bandolerismo existente en la Península, que hacía casi intransitable los caminos del Reino, cuando partí hacia la Isla; la Isla, forma en que, con mayor frecuencia, se le denominaba en mi tiempo y cómo nos gusta seguirle llamando en la Península. Pues, este servidor, que poco importa cómo se llama, nacido en un pueblo de Valencia y siendo muy joven aún, integró uno de los catorce Tercios del Cuerpo. Nuestra misión, desde su creación, ha consistido en la conservación del orden público, la protección de personas y propiedades, así como el auxilio, que se reclame, para el cumplimiento de los Decretos Reales.

Fui designado para la plaza de La Habana, allá, a mediados del siglo XIX. No era un oficial, tampoco, un soldado; más bien, pertenecía, a lo que se denomina dentro del Ejército “clase”, integrada por cabos y sargentos. Se me ubicó en una pequeña casa de dos plantas al inicio de la calle Paula; una casita modesta para quién se iba a hacer cargo de la vigilancia de un sector de la ciudad. En aquel entonces, no se hablaba mucho de nosotros, los guardias civiles, en la Isla. Pues, La Habana, constituida por una sociedad muy aristocrática y jerárquica, no reparaba en servidores subalternos y menores, como yo; mi trato estaba más limitado a medianos y pequeños comerciantes, a gente de pueblo, es decir, al vulgo. Ciertamente, en la Habana intramuros, donde radicaba mi Sector, no vivía la chusma, sino la parte selecta y pudiente de la Sociedad, la que, poco a poco, algo más tarde, fue trasladándose hacia las alturas del Cerro, donde construyeron verdaderos palacetes con bellos jardines. Mas, al Cerro, solamente se iría una parte de ellos.

Mi primer hijo nació intramuros, en aquella casita de Paula, y le nombramos José Julián; sin embargo, nos gustaba llamarle Pepito. Era un niño muy inteligente, aunque todos los padres vemos inteligentes a nuestros hijos; no obstante, éste estaba llamado a ser un gran hombre, un hombre de Letras. Tenía ojos de niño bueno con una mirada acariciadora. Luego, vinieron sus hermanas; nos habíamos trasladado a otro sector de la ciudad extramuros, en la parte que, más tarde, llamarían Centrohabana. Entre una cosa y la otra, llegó la noticia de la muerte de mi padre y la familia partió a Valencia. No llegamos a la casa paterna, sino a los despojos de lo que había sido nuestra familia de origen: entre los hermanos, se habían repartido las vestiduras, es decir, tierras, casa, es decir, la hacienda; mas, a todos se les olvidó el hermano Guardia Civil, que estaba destacado en Cuba.

Mi familia no es una excepción, sólo siguió la tónica peninsular, con relación a los que partían a América: si te iba bien y te convertías en Indiano, eras orgullo de la familia, además de la ayudarla a levantar negocios en el pueblo y sus alrededores, y hasta en las ciudades principales.Pero, si regresabas con los bolsillos vacíos, eras un estorbo, una añadidura molesta. Eso era la familia Martí y Pérez para nuestros hermanos. Pasado un tiempo, decidimos volver a La Habana y radicarnos definitivamente en Cuba, como si hubiese algo definitivo en este mundo.

Pues bien, cómo les contaba, mi hijo era un niño muy inteligente y destacó mucho en la escuela. Una vez concluida la Escuela Primaria Pública, yo no disponía de medios para darle mayor instrucción a aquel niño brillante, católico, bueno, bondadoso, orgullo de sus padres y hermanas, también de sus padrinos. Mi hijito había sido educado en el amor a DIOS, a Su Majestad y a la Patria, a la que nos gustaba llamar, desde el otro lado del Océano, la Madre Patria. Mi hijito se sentía orgulloso de su padre, el Guardia Civil. Era él, quien lustraba mi calzado y sacaba brillo a mis insignias, en las que destacaba la Corona sobre las iniciales GC entrelazadas. Quién solía gritar alegremente a mi alrededor, cuando me veía de uniforme y, al llegar de mi ronda, corría a coger el tricornio y el machete para pasearse, como un soldadito. Todos reíamos alegres, viendo al Pepito del futuro, como mi sustituto en el Cuerpo.  Sin embargo, una cosa es a lo que aspiramos e imaginamos los padres y, otra muy distinta, la vida.

Mi servicio transcurría tranquilo, porque en la Isla no había grandes disturbios, había prosperidad y los bandidos no se atrevían a penetrar más acá de Luyanó, un poblado un tanto alejado de La Habana de mediados del siglo XIX, a algo más de una hora de camino a pié. Mi mayor preocupación consistía en darles una buena educación a mis hijos y lograr la mayor instrucción posible para Pepito. Un buen maestro, según se decía, se hizo cargo de darle una educación avanzada Mientras, los padres de un condiscípulo y amigo corrieron con los gastos.

¡Ay, señores, cómo un maestro puede hacer crecer y torcer la vida de un alumno! Este maestro escogió a un grupo de discípulos y los reunía en tertulias, que iban más allá de la Instrucción, la Cultura y las inquietudes literarias, que eran tan evidentes en ambos adolescentes. Este maestro, Don Rafael María Mendive, era portador de un pensamiento liberal, influenciado por las ideas francmasónicas, con una enorme carga de rencor hacia la Patria, hacia sus autoridades. Claro, en algunas cuestiones, tendría razón y, en otras, no. Por supuesto, un hombre hecho y derecho, con suficiente información y elevado nivel reflexivo, hubiese podido discernir entre la verdad y la manipulación, entre el bien y el mal; hubiese sabido, que, entre el negro y el blanco, existe una multitud de colores y matices. Pero, los adolescentes no conocen los medios tonos, van de un extremo a otro. Es muy fácil manipular y utilizar a un joven, y mucho más, a un joven dentro de un grupo; a un joven, que se le elogia constantemente por su inteligencia. Mi hijo se metió en Política, en el bando opuesto al de su familia, a lo que representaba su padre. Mi hijito predilecto se convirtió en escarnio de su raza. De tal modo, que yo, siendo Guardia Civil, vi juzgar a mi hijo José Julián por traición a la Patria, a esa Patria y a esa Reina, por las que su padre había jurado dar hasta la vida. Mi hijito traicionó la divisa, que vio desde el mismo momento, que abrió los ojos.

Pepito se convirtió en un conspirador separatista y fue a parar con sus huesos a la cárcel. En las canteras de San Lázaro, bajo el demoledor sol habanero, mi hijo de dieciséis años, con grilletes a los tobillos, arrancaba las piedras de su lecho; picos y barrenas levantaban el polvo salpicado en sangre de las manos adolescentes de mi niño grande. Mi corazón se debatía entre el dolor de padre y la vergüenza del Guardia Civil.

Usé mis influencias para aliviar su pena; logré un indulto, que lo llevaría al exilio. Llegó por mar a Santander, un bello puerto del Norte de España, donde le esperaba su madrina, Doña Marcelina. No pasó mucho tiempo, en esa ciudad, mi hijo traidor; mas, unos pocos días, le valieron para retratarla en un artículo, aparecido en la prensa local. Sus paseos por la Plaza de Pombo, bajo los Arcos de Botín, por el Puerto; el Barrio Pesquero, las calles Mayor y Alta, por bares y los alrededores; sus conversaciones con los señoritos del Santander de entonces, hijos y nietos de indianos, cultos en su mayoría, le sirvieron de fuente para conocer la ciudad en una breve estancia, de paso hacia Madrid. Tras Madrid, fue a Zaragoza, en cuya Universidad continúo sus estudios de Derecho. Al “niño” le gustaban las fiestas, los saraos, el vino y la compañía femenina. Se aficionó al Ginebra; ello fue más tarde, en Nueva York, por lo que se ganó el apelativo de “Pepe Ginebrita”.

¿Cómo no iba a ser un bohemio mi Pepe? Era Poeta, un hombre de pasiones y amores vertiginosos. También, fue un formidable articulista y hasta literato. ¡Ay, pobre de mí! Ni estando en la Península, José Julián tomó cordura; se volvió a reunir con liberales y francmasones; él mismo se hizo masón y se dio a la tarea de organizar la lucha por la separación de la Isla de la Patria, por constituir una República independiente; aspiración, que trajo a La Habana desde casa, donde ya se había vivido la experiencia de la Primera República, también, su fracaso y desmoronamiento. Mas, los liberales no cejaban en el empeño de copiar a la Francia de Robespierre o convertirse, ellos mismos, en caricaturescas copias napoleónicas, como el afamado Libertador de América, Simón Bolívar. A mi hijito, sólo le faltó el trajecito y la mano derecha metida entre los botones de la guerrera. Hasta formó un partido, el primer Partido Revolucionario de Cuba, que, por cierto, se formó en los Estados Unidos de América y reunió a varios Generales insurrectos derrotados en la campaña anterior, en la Guerra de Cuba de 1868 a 1878, en que el General Martínez Campos los condujo a un tratado de paz, el Pacto del Zanjón.

En un ínterin, José Julián volvió a La Habana, graduado, decía él, de Derecho en la Universidad de Zaragoza. Lo cierto fue, que no pudo demostrarlo legalmente; no tenía título para acreditarlo, y no se le permitió trabajar, en calidad de Abogado[1]. Su arrogancia le hizo ver una injusticia y represalia dónde había legalidad que respetar.

Su estancia fue corta. De hecho, José Julián, casi no vivió en la Isla de Cuba, su contacto se redujo a periódicos, libros y tertulias con perdedores llenos de resentimiento, de hombres colmados de ambición de poder más que de amor. Resulta inquietante, me llama  la atención, que un hombre inteligente y honrado pueda tomar por esos derroteros, que lo alejan de la educación recibida en el seno de la familia y hace a su familia arrastrar la misma condena, seguirle por diversos países. Es, cual  fiebre, que nubla el pasado y hace andar por caminos diferentes para probar nuevos rumbos. En definitiva, son los mismos de siempre, cuando un clan, una etnia, una nación se arranca de sí misma, se divide para formar otro pueblo. ¿Era mi hijo un precursor o un misionero? En realidad, todos somos misioneros de DIOS; a eso hemos venido. Unos tienen una misión más ordinaria, sencilla, como yo, otros sirven de punta de lanza, del modo de mi hijo. Ahora, lo entiendo; entonces, sólo sentía vergüenza. Con esa vergüenza y el honor mancillado, mi cuerpo se fue a la tumba. Y, yo a DIOS.

Santander, Enero de 2005

 

Nota: Del libro de Cuentos de la Historia de España (Primera Entrega), Santander, 2005

 

 



[1] La Autora desconoce los causas, por las que José Julián Martí y Pérez no se haya en posesión de un título universitario. No obstante, desea señalar la posibilidad de que hubiese concluido estudios, pero no pagado y obtenido el Título, que es un proceso posterior con cuotas dinerarias. Esta práctica se mantiene hasta la actualidad, lo que no se justifica y es cuestionable, pues las universidades gradúan y están en la obligación de acreditar, con un título, dichos estudios. Hay otras reminiscencias del pasado en el ejercicio de las profesiones en España, como colegiarse y pagar una cuota para poder ejercer. Es difícil de imaginar, que una universidad no tenga potestad para colocar, directamente, en el mercado trabajo a sus graduados. Tal vez, José Martí se vio ante esta práctica.